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Un cartero cualquiera. En su recorrido cotidiano va avanzando la escaleta de direcciones hasta llegar a la última carta. No tiene remitente ni dirección. Entonces piensa devolverla, como es costumbre, a la institución. Las consecuencias derivadas de no devolverla serían en su mayor parte muy arriesgadas. A no ser, lo cual sería muy poco probable, que esa carta no figurase en los índices. Ocurre poco, y las pocas veces que ha sido notificado, están esparcidas y distantes en el tiempo desde el siglo pasado.

Después de una larga cavilación no tenía prisa, ya que solo quedaba esa carta que dependía únicamente de su decisión. Sin agregados. Solo tenía que decidir. Lo había hecho más veces. Siempre a alguien se le olvida poner la dirección, o hay alguna carta sin remitente o con una caligrafía confusa…Pero esta vez algo hizo que se lo pensase dos veces, aun a riesgo de perder su empleo. En ese punto la curiosidad superaba ya el coste de su acción si salía mal. Quizá el ribete de símbolos de otra época fue lo que atrapó su interés. O el emisor era alguien muy sibarita, o era una carta nunca entregada, y perdida en el tiempo, o… No sabia porqué, con la carta en la mano, aparcada la moto en la calle de la última entrega, empezó a caminar espontáneamente hasta llegar a una plaza con una fuente en su centro. Se sentó en el banco más cercano a su posición.

Durante aproximadamente 20 minutos miró la carta sujeta en el aire ante sus ojos, inmóvil. Repentinamente abrió de una vez por todas la carta. Ya había mirado a trasluz, y no había ninguna posibilidad de ver el interior, incluso era muy posible, según sus deducciones, que su interior estuviese forrado con algún material opaco.

Lo que encontró en su interior fue algo sorprendente, había un papel escrito, sí. El texto era ininteligible por otro lado. Pero contenía más cosas. Efectivamente estaba forrado. Su interior tenía una superficie de terciopelo negro brillante; y en el fondo habían vivido hasta ese momento: una moneda lisa (y también temblorosa en este momento), la pluma vieja de un ave exótica deshilachada, y una cinta de color caqui con dobleces inexpugnables. Objetos huérfanos.

Estuvo sorprendido hasta que comenzó a oscurecer. Pensaba en la utilidad que se podría dar a esos objetos, si tenían una función conjunta, si eran objetos relacionados mediante alguna elucubración del emisor, fuese quien fuese. Intentó descifrar la carta, pero solo conseguía ver, si entrecerraba un poco los ojos, una imagen de una especie de cara sacando la lengua, que bien podía ser también un paisaje con un camino o con un río. O varios desde esa perspectiva.

Al anochecerse la ciudad, sin haber comido ni bebido durante todo el día, se levantó por primera vez del banco y se acercó a la fuente. Miró la moneda a la luz de las farolas y vio entonces una muesca. No era una muesca, eran dos. Era un botón. Y también quizá de oro.

Examinó entonces la pluma, pero seguía siendo la misma pluma de colores irascibles que era cuando abrió el sobre. Comenzó a caminar alrededor de la fuente en círculo pensando en todo y en nada. De pronto tropezó con un bulto oscuro en el suelo que soltó una carcajada al ver caer al mensajero. El hombre tumbado en el suelo con las palmas de las manos apoyadas apaciblemente sobre una sosegada respiración, con voz ronca le preguntó:

– ¿Crees que te habrías caído del todo si yo no hubiese estado en este lugar esta noche?

A lo que el mensajero contestó.

– Seguramente si usted no hubiese estado aquí esta noche, yo tampoco habría estado. De hecho, no se muy bien por qué razón estoy aquí. El día de hoy ha sido una concatenación de casualidades…-

– ¿Crees entonces en una especie de causalidad?

–  Pienso que nosotros dirigimos hacia donde van las cosas hasta cierto punto. Pero hoy no ha sido así.

–  Es la costumbre.

–  ¿Cómo?

–  La costumbre nos hace pensar que lo que se repite es…–entonces el clochard se levanta de sus aposentos- la verdad. Cuando la verdad es lo que hace que eso se repita.

En este momento el cartero deja de prestar atención a lo que el hombre dice, y se fija en unos brillos afilados que vacilan en el sobretodo de su amigo, convirtiéndose de cuando en cuando en linternas:

– ¿Cómo es que tienes esos botones tan caros viviendo en la calle?

– ¿Qué te hace pensar que vivo en la calle?

–  Pu-puess no sé, mme figuré que por su aspecto…

–  ¿Acaso puedes ver tus manos con esta oscuridad?

– Pues ahora que lo dice usted…- En este punto su expresión cambia a una mueca contrahecha y deforme que pregunta casi gritando con una entonación desconocida hasta ese momento en humanos: ‘’¿¡¡ES SUYO ESTE BOTÓN ENTONCES?!!’’

A lo que el hombre responde:

-Vaya, me hacía falta. Gracias.

Pero no le faltaba ningún botón en el abrigo, a pesar de ser todos del mismo tipo que el enviado. Lo introdujo desnudo en un bolsillo.

– ¿Entonces, este sobre no es suyo?

– Depende de lo que uno interprete como propio. De todas maneras déjeme ver que hay.

El anciano lo abre cuidadosamente, y con el folio y la pluma en una mano, arranca el terciopelo del sobre, que no se rompe sorprendentemente. Al retirarlo un objeto oscila bajo la piel recién deshollada de la carta, una aguja colgando de un hilo enhebrado.

Las facciones del cartero rozan ya el expresionismo abstracto.

–  ¿Qué piensa usted hacer?- Pregunta el mensajero entre carraspeos nerviosos.

El anciano, examinando el papel ininteligible con fluidez, responde:

– Seguir las instrucciones. – E inmediatamente se sumerge en un cuidadoso y ducho trabajo de dobleces y remaches. En pocos minutos, el hombre había hecho un sombrero en punta. Tosco, pero jovial, e incluso innovador. Cosió la cinta, de manera que sujetaba en lo alto la pluma tropical.

– ¿Cómo…Por qué sabía usted? ¿Como se le ocurrió la idea?

– Muy sencillo, con solo mirar la funda por fuera se da cuenta uno de que va la historia. Y con las instrucciones ha sido realmente fácil. ¿Lo quiere usted?

-¿Cómo mirando el sobre por fuera..?

– Hombre, pues está lleno de indicaciones: primero, que la funda del gorro (así parecía referirse al sobre) tiene en todo su perímetro el croquis de un sombrero Homburg, repetido una y otra vez. Y segundo –suspiró- bueno, no es muy buena la impresión. Deben de haber utilizado una impresora matricial con las agujas gastadas. De todas maneras no tenía porqué saberlo usted, si el sombrero a montar no es suyo. ¿Donde lo encontró?

– Soy cartero, estaba hoy en la bolsa. Pero no estaba en la escaleta de direcciones, y ni tiene remitente ni dirección. Y como vi esos extraños símbolos, o sombreros Homburg, más o menos lo mismo para mí, pensé en saltarme las reglas pensando que el sobre contendría algo valioso, o al menos de otro tiempo.

– Bueno, el sombrero de tipo hongo se dejó de utilizar en 1925 así que, ciertamente es de otro tiempo.

Comenzaba a amanecer, y la luz dejó que el cartero viera una cara conocida en el anciano, que ahora lustraba ropas normales y hasta elegantes a la luz del sol:

-¿Usted no es…? Yo le he visto antes.

– Puede ser que así sea ya que hoy nos hemos visto. ¿Por qué no habría de haber pasado eso con anterioridad?

– Es verdad que nos hemos visto.

– Entonces, ¿Dejaría de ser verdad que nos estamos viendo ahora si eso no hubiese ocurrido en el pasado?

– ¿Pero usted no es portero de mi edificio?

– Sí, en determinados momentos representó esa función.

Se produce entonces una pausa evanescente en común.

– ¿Cree usted que deberíamos hablar más?

– Sí.

Lucas Rubio

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