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<< El arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza y descubre que también ésta tiene alma.>>

Auguste Rodin

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En el impresionismo, aquella corriente artística que iniciaría Claude Monet con su “Impresión: sol naciente” en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX, el artista intentaba dejar a un lado el concepto de forma para centrarse en plasmar sobre el lienzo la luz y el instante. A través de pinceladas mucho más libres que en corrientes anteriores, artistas como Cezanne, Degas o Renoir plasmaban en sus cuadros manchas de color que, no tanto buscando el realismo, se acercaban a una visión mucho más personal y subjetiva de la realidad con la que se quería mostrar el alma de lo cotidiano.

Auguste Rodin no se cansará tampoco de buscar ese algo que se nos escapa de la vista y del tacto y romperá con todo lo establecido hasta el momento en el mundo de la escultura para cincelar con sus propias manos sensaciones, experiencias; trasladará el mundo del impresionismo pictórico a la piedra, a la roca, al metal. Todo un visionario.

 El artista nace en el invierno de 1840 en la capital francesa y se educará en la Escuela de Artes Decorativas de París siendo un ámbito no solo ajeno al de las bellas artes, sino ampliamente menospreciado por éstas en aquella época.

 Rodin era un gran interesado en la anatomía humana la que irá acumulando conocimientos durante toda su vida, como hicieran en su momento Da Vinci y los hombres renacentistas. Podríamos decir que el escultor era uno de los artistas que más conocimientos anatómicos poseían en la Francia del siglo pasado, lo que le valió más de una disputa e incluso rechazo y odio por parte de sus compañeros dedicados al arte. Para retratar este hecho podríamos hablar del caso más conocido de “juicio” a Rodin: la realización de una de sus primeras esculturas, “La edad de bronce”(1875).  Tal era la perfección anatómica de esta obra, sus proporciones, su movimiento, su forma al fin y al cabo, que el escultor fue observado con lupa y con desprecio acusándosele de haber sacado los moldes para la realización de la escultura directamente del cuerpo del modelo y no de una arcilla hecha por las manos del propio Rodin. La amistad con personas influyentes muchas veces puede salvarnos el pellejo y en este caso es lo que le ocurrió al artista; su relación con Degas hizo que no solo saliese airoso de este juicio artístico-social, sino que su nombre fuese reconocido como el de uno de los artistas más importantes del París de la época. No hay nada como la polémica para darte a conocer, ¿verdad?

 A partir de este hecho, Rodin dividió su obra posterior en dos líneas paralelas: por una parte realizaba obras escultóricas decorativas para conseguir el dinero necesario para vivir llamando a esta ramificación artística “obra alimentaria”. Pero la que de verdad nos interesa es su obra experimental, sus esculturas transgresoras, rompedoras, novedosas y espectaculares, donde rompió con toda la anatomía estudiada para aplicar la visión impresionista que se había impuesto en Francia, para apelar a los sentimientos. Para quebrantar una norma, hay que conocerla al dedillo, y eso es lo que hizo el artista: se pasó toda su juventud estudiando ampliamente la anatomía para finalmente utilizarla como el quería. Con personajes ampliamente desproporcionados y sus posiciones imposibles Rodin buscaba el alma de la piedra. Cada golpe de cincel era una pincelada sobre un cuadro impresionista. Cada gramo de arcilla arrancado del molde era un poco menos de material superfluo hasta llegar a ese ansiado resultado: el alma. Rodin era un creador de sueños. Escarbaba en la roca de manera muy precisa buscando la belleza de lo imperfecto.

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 Obviamente, sus obras más transcendentales pertenecen a esta segunda línea experimental donde el renacentista Miguel Ángel –y en especial su grupo escultórico inacabado para el mausoleo del Papa Julio II más conocido como “los prisioneros”- jugó un papel muy importante en cuanto a influencias se refiere. Podemos ver esto en las obras más conocidas de Rodin como “Los burgueses de Calais” o el “Monumento a Balzac”. En cuanto a legado se refiere, Rodin ha sido uno de los grandes inspiradores del siglo XX. Ha sido referente de artistas como la más que interesante escultora Camile Claudel -quien además era amante del propio Rodin en una relación muy complicada-, Antoine Bourdelle o Constantine Brancusi.

 Rodin moriría el 17 de diciembre de 1917 en Meudon, Francia, a la edad de 77 años dejando un impresionante legado escultórico que hizo que la escultura y el arte en general se entendiese de otra manera, acercándose más a los sentimientos que a la realidad pura y dura.

Joaquín Pérez Suárez

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